lunes, 19 de septiembre de 2011

La ciudad de fierros retorcidos

A las 7 de la mañana del 19 de septiembre de 1985 mi prima Leticia Zúñiga terminaba su horario nocturno en la central de Larga Distancia de Teléfonos de México, en la esquina de Victoria y San Juan de Letrán. Esa misma tarde contó a su familia que no había andado las cuatro cuadras que usualmente caminaba  entre su trabajo y la estación del Metro Salto del Agua cuando vino el primero de los dos sismos que ese día azotaron la ciudad de México.
Leticia regresó a su centro de trabajo y en ese trayecto vio que desde algunos puntos de la colinia Centro se extendían polvaderas que llenaban las calles de partículas de concreto y yeso de las edificaciones caídas. Al llegar a la Central de Teléfonos supo que la tragedia estaba más cerca de sus compañeras. Algunas estaban en crisis nerviosa, el llanto de sus compañeras se fue mezclando con el de las personas de las calles vecinas. De las 3 mil 692 muertes oficiales que este lunes revela El Universal, once de ellas fueron compañeras de trabajo de mi prima Leticia.
A esa misma hora mi familia apenas empezaba la mañana. El primer recuerdo que tengo del sismo de las 7:19 de la mañana de ese 19 de septiembre fue despertar por la vibración de la tierra y ver el foco que se mecía de un lado a otro y ver saltar a mis padres de la cama y tomarnos en brazos a mi hermano gemelo y a mí. Entonces teníamos casi cuato años y descubríamos que la tierra tiene vida y cuando ésta da respingos se lleva a cuanto esté a su paso.
Salimos al patio y mis hermanos mayores se nos unieron a los pocos minutos, con excepción de una de mis hermanas que seguía aterrada en su cuarto y daba gritos de auxilio  para abrir la puerta, que se había atorado por el movimiento de la construcción. Mi padre y mis hermanos abrieron a patadas la puerta y todos estábamos reunidos en el patio. A los pocos segundos el sismo paró.
Mi madre salió a cometar lo ocurrido con las vecinas y nos fuimos enterando que los servicios estaban suspendidos: el agua, la luz, el teléfono estaban cortados. Además, uno de mis hermanos había cerrado las llaves de gas hasta que se descartara algún desperfecto eléctrico, lo que no sucedio sino un par de días después, cuando se reestableció el servicio eléctrico. No había posibilidad de comunicarse con los familiares que vivían en otros puntos de la ciudad. Había que esperar.
Aunque tenía un horario vespertino, mi padre se apuró para salir al trabajo. En aquellas fechas trabajaba en los talleres de la entonces Policía Federal de Caminos, a un costado de la Alameda Sur, en la zona de Villa Coapa. Sabía que los altos mandos de la policía requerirían de la cooperación de todos los elemenos, como en efecto sucedió. No habría días francos para el personal.
Leonardo y yo, entonces de tres años y medio, quedamos a cargo de una de mis hermanas mientras mi madre se organizaba con mis tías y con las vecinas para conseguir agua y el modo de preparar los alimentos. Conforme pasó el día llegaban las noticias de vecinos que estuvieron en otros lugares al momento del sismo. Se hablaba de miles de muertos y de muchos, muchos edificios caídos, sobre todo en la zona centro. Entonces vivíamos en la colonia Ramos Millán, al oriente de la ciudad, y las noticias no tardaron mucho en llegar.
Para las cinco de la tarde, Leonardo y yo chupabamos unos mangos que mi hermana Gela nos había acercado y comíamos tortas de lo que hubiera mientras mis hermanos mayores -Ricardo y Ezequiel, entonces unos adolescentes con amigos en toda la colonia- abrían ,en compañía de otros muchachos, los registros de agua potable y ayudaban a las señoras que hacían filas en algunas esquinas del barrio para conseguir un poco de agua. Mis otras dos hermanas, ya casadas y una de ellas con un hijo, llegaron en la tarde pasa saber cómo la habíamos pasado durante el sismo.
No supimos nada de mi padre en tres días. Al igual que todo el personal que trabajaba en dependencias de seguridad del gobierno fue destacamentado en diferentes puntos para atender a los heridos y buscar subrevivientes. Entonces, méxico tenía una nula cultura de proteción civil y los equipos de rescate eran inexistentes.
Los primeros grupos de rescate que entraron a las ruinas de los edificios  colapsados se formaron con improvisados, entre ellos mi padre, quienes a pesar del desconocimiento de esas tareas se esforzaron por rescatar a la mayor cantidad de sobrevivientes. La presión piscológica por lo que presenciaron fue tal que tres días después de marcharse mi padre llegó a casa, besó a cada uno de sus hijos y se encerró en su cuarto para sacar con llanto solitario lo que había vivido. Al día siguiente volvió a los trabajos de rescate y no lo volvimos a ver en otros tres días.
Cuenta mi viejo, a 26 años de lo sucedido, que en uno de los puntos a los que fue destacamentado se acercó una persona que le ofreció dinero a cambio de sacar a un familiar que había fallecido en el Hotel Regis. "Mire. En ese cuarto estaba mi hermano con su familia. Todos murieron y ya rescatamos los cuerpos de casi todos y el cadáver de mi cuñada. Por favor, ayúdeme a sacarlo y le vamos a gratificar", ofreció el señor, también derrumbado por la tragedia familiar que había sufrido. Como la orden era dedicar todos los esfuerzos a para rescatar a los sobrevivientes los cadáveres debían esperar en medio de las ruinas y sólamente se extraían si interferían en alguna labor de rescate. Mi padre se negó y lo consignó con uno de sus superiores. Al día siguiente ese hombre ya no apareció por el lugar.
Lo que se fue y lo que quedó
Muchos escuchamos hablar del Parque del Seguro Social no por las glorias deportivas del "Abulón" Hernández o de Nelson Barrera con los Diablos Rojos del México, sino porque se convirtió en la morgue más grande que haya tenido la ciudad de México.
Hoy, donde estaban los oficinas donde laboraba mi prima Leticia hay una plaza comercial intestada de comerciantes ambulantes; en el predio del Hotel Regis está la Plaza de la Solidaridad con dos manos descomunales que sostienen un asta bandera, y el mítico estadio de béisbol es un mall más para la fiebre de compras de los capitalinos.
Habitamos otra ciudad, carcomida por ese sismo y en otros casos, como el caso del parque del Seguro Social, carcomida por la avaricia inmobiliaria.
Quienes nacimos en la primera mitad de los años 80, o al menos éramos demasiado jóvenes para entender lo que sucedía conocimos otra ciudad a la que conocieron nuestros padres. El derrumbe y la reconstrucción de otra ciudad y la habitación de los viejos solares que dejaron los edificios colapsados.

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