A
ocho días de desalojo realizado por el gobierno de Michoacán a tres albergues
estudiantiles en Morelia, los estudiantes de la casa Nicolaíta aún exhiben los
golpes recibidos por los elementos policiacos.
Esta
vieja casona colonial que los estudiantes de la Universidad Michoacana de San
Nicolas de Hidalgo habitan desde hace décadas en el primer cuadrante de la
ciudad, hierve de inquilinos, aunque no en el mismo número que la transitaban
hace dos semanas. Varios de ellos, sin un número preciso, regresaron a la casa
paterna, con las heridas causadas por el tejemaneje policiaco, por la
humillación y el amedrentamiento de 48 horas en los autobuses y las barandillas
de la Procuraduría estatal.
Los
que se fueron son aquellos que tuvieron la suerte de que sus padres vinieran a
recogerlos desde Veracruz, Guanajuato, Guerrero, Oaxaca o municipios alejados
del mismo estado de Michoacán, como Aguililla, Lázaro Cárdenas o Huetamo. Otros
de ese grupo, los que se fueron, sólo cumplieron con la orden familiar de
alejarse de problemas, siempre
innatos a los movimientos estudiantiles.
Sin
la ferocidad con la que el martes pasado el gobernador Fausto Vallejo los
describió como posibles satélites del Ejército Popular Revolucionario (EPR),
Javier Ramírez, consejero interino, transita de un lado a otro del albergue.
El
joven estudiante de enfermería coordina los preparativos para la marcha que
universitarios y profesores de la sección XVIII del SNTE realizarían la tarde
de este viernes desde la Ciudad Universitaria, en la zona poniente de Morelia,
hasta la Secretaría de Gobierno, en el corazón de esta vieja ciudad colonial,
donde cerca de 300 personas exigieron la atención de sus demandas, mientras una
comisión mantenía una audiencia con el secretario de gobierno, Chucho Reyna.
Su
objetivo es conseguir la libertad de los 13 estudiantes consignados el lunes al
Cereso de Mil Cumbres por los disturbios del 27 de abril, la jornada de
protestas estudiantiles más violentas en los últimos diez años. Ese día, luego
de recibir la negativa de la rectoría Nicolaíta, como se le conoce popularmente
a la Universidad Michoacana, para la asignación de un presupuesto que las
autoridades estatales calcularon en cinco millones de pesos, los estudiantes bloquearon
por varias horas la avenida Madero, en pleno centro histórico de Morelia.
Durante
sus negociaciones de este presupuesto, los dirigentes de la CUL (Coordinadora
de Universitarios en Lucha) argumentaron el uso de los recursos para
remozamiento de los 9 albergues estudiantiles existentes en Morelia, los
tres de Uruapan, y viáticos para la difusión de convocatoria de ingreso a la
Universidad. La jornada de protestas terminó con dos patrullas incendiadas.
“Ahorita
tenemos algunos compañeros lesionados, con golpes en la espalda, otros están
descalabrados y con torceduras en los tobillos” describe Javier Ramírez, ahora
sí, con la ferocidad de quien asume su derecho a la educación y está dispuesto
a defenderla con argumentos, manifestaciones o topones con la policía.
Varios
de sus compañeros, que al igual que Javier no rebasan los 22 años de edad, van
de sus habitaciones a los baños comunales y viceversa. Al fondo del patio
central de la casona, a un costado de una vieja fuente de cantera rosada, los
muchachos acarrean agua fría. Algunos pasan con el torso descubierto, la
espalda atravesada por los verdugones de las macanas. En una mano el cubo de
agua, en la otra con la toalla y los ajuares de limpieza personal. Los observa
el grafiti de un lagarto, pintarrajeado en cuadrícula binaria blanco y negro sobre
una de las paredes color pistache cacarizo.
Todos
ellos son los que quedaron, pasan meditabundos, desconfiados hacia sus
habitaciones; otros más, pasan con la mirada de desconfianza con la que fueron
criados en sus pueblos, en sus rancherías de origen. La mayoría de los
estudiantes son de tez morena, una piel que sólo se consigue por la cuota de
horas diarias bajo el sol en la cosecha del arroz, melón, frijol, sorgo o la vainilla, desde
la infancia hasta el ingreso a la universidad. Nadie en la ciudad se atrevería
a dudar de su origen popular y campesino.
“Este
es uno de los chingadazos que me dieron los policías el día que nos sacaron”,
dice Calixto, un estudiante de administración del dormitorio 14. Él, Eduardo,
un estudiante de Derecho de casi dos metros de estatura, y Pedro, de
Farmacobiología, se roban la palabra mientras narran el desalojo del sábado 28
de abril.
“Llegaron
a las tres de la mañana, soltando macanazos. Dos comapñeros, uno de ellos de Odontología, intentaron escaparse por la azotea, pero las láminas del techo por donde iban corriendo se vencieron. Cayeron como cuatro pisos. Ellos aún siguen en el hospital", narra Calixto.
"Y esto es lo que me quedó. A mi no me fue tan mal. Sólo me dieron unos tablazos," dice mientras se levanta la playera del equipo de futbol Monarcas de Morelia.
En el cuarto 14 habitan cerca de 16 estudiantes, algunos de licenciatura, otroas de bachillerato. Pegada a una de las paredes, tienen un ropero comunal, con puertas individuales numeradas y aseguradas bajo llave. A lado de otras dos paredes tienen dos literas enormes, con seis camas cada una. Quien duerma en el catre superior tiene que subir alrededor de ocho metros. La privacidad es mínima, sobre la que circula un rumor entre los otros estudiantes.
"Cuando uno de ellos lleva a una chava a su dormitorio para echar pata (tener intimidad) los demás se hacen de la vista gorda. La pareja se mete a su cama, cuelga unas cobijas a modo de pared para que nadie los vea y a darle. Ponen música en su celular para engañar al enemigo y los demás siguen haciendo sus tareas como si nada. Si es de noche, todos se hacen los dormidos. Nadie dice nada. No hay modo de decirle a los otros 15 'hagan paro y vayanse a las chispas (videojuegos) o al cine'. En el dormitorio siempre va a haber alguien. Es como una cárcel", describen otros estudiantes de la Universidad Nicolaíta.
El
cilindro de agua con el logo del PRI se balancea en la mesa que los estudiantes ocupan en su cuarto 14 a manera de escritorio. Al fondo, la ventana abierta, desde la que se aprecia la avenida Madero y tras ella el mercado de dulces y la Biblioteca Central de la Universidad Michoacana. Eduardo, sentado en la cama inferior de una de las literas no describe la incursión policiaca del sábado 28 de abril.
"Yo alcance a salir y me fui con unos amigos que me dieron chance de quedarme con ellos unos días. Eso fue como a las 4 o 5 de la mañana. Ya en el día, me platicaron que a las 10 de la mañana había una asamblea en la casa Lucio Cabañas. Si en las dos casas en las que entraron los policías había puros hombres, en está ya había unas chavas cuando llegaron los GOE's (Grupo de Operaciones Especiales de la policía estatal). También las subieron, les dieron de cachetadas y a algunas también las tortearon (manosearon). Les valió gorro a los policías. Incluso a un chavo que iba pasando por ahí también lo treparon. Dicen que Vallejo quería 13 consignados y se los dieron. Ese chavo es uno de los 13 que está en el penal de Mil Cumbres."
Yo soy de Veracruz, dice Eduardo, y estudio Derecho.
Se saben vulnerables en solitario, como todos, y por eso mismo se defienden bajo una coraza de desconfianza, sin disimulo ni hipocresías, como lo aprendieron de sus padres. Desconfian del que tiene u ostenta tener más que ellos, del que habla bonito o del que asegura venir a ayudarles. No creen en la autoridad institucional, sino en el mandato horizontal de las asambleas, esa horizontalidad que puede crear pequeños tiranos.
Son los siempre discriminados, los relegados, los que han recibido la peor educación. En Colombia les habrían llamado niches, en Estados Unidos serían white trash. Aquí les llaman prietos, los jodidos, y hoy vienen a defender sus derechos siempre negados. Saben que tiene un derecho y vienen a defenderlos, así sea al topón.
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