La actividad del crimen organizado en México ha aniquilado algo más que la paz y las vidas de miles de personas. Ahora, una de sus víctimas es también la estampa provinciana que muchos conservábamos de las rancherías y pueblos serranos, costeros del país. Esa imagen publicitaria que por tantos años se encargaron de crear las agencias de viaje, las artesanías pueblerinas, hasta los libros de texto de la primaria, fue “levantada”, torturada y ejecutada por la violencia.
En la sala de la casa tengo tres pescados de madera, cada uno con adornos y pinturas costumbristas que dan gusto. El paraíso perdido, nuestro paraíso perdido, ese que nunca conocimos se resume en las escenas reproducidas por estos huachinangos de bibelot: la siembra, la cosecha y la boda de pueblo.
En ellas no aparecen traficantes, sicarios, tratantes de blancas, talamontes, secuestradores, mucho menos niños sicarios como El Ponchis. Su presencia se reduce a la nada, se escondieron bajo el empedrado para hacer su aparición en nuestra vida adulta, aunque siempre estuvieron allí, y recordemos a Manuel Payno.
Las estampas de los huachinangos podrían tornarse en las siguientes estampas, todas ellas reales aunque con la reservas de identidad que cada caso merece. Fueron recabadas al azar, muchas veces sin intención de tenerlas a la mano, porque la gente aún las cuenta abiertamente, a veces en secreto, a veces como grito de protesta.
Primera estampa
Los Mochis, Sinaloa: Un joven toma el teléfono fijo y marca un número. La señal se corta y regresa de manera intermitente. Intenta varias veces sin éxito. El dueño de la línea ha pagado puntualmente su recibo telefónico y su primera queja la lanza contra el mal servicio. Duda e intenta revisar la instalación. Todo en orden. Se rasca la cabeza y piensa en los motivos de la falla. Pondrá una queja, sin duda. Entonces escucha ruidos en la calle. Es mediodía, y el fraccionamiento donde vive luce solitario, a excepción de un grupo de tres personas que manipula el cajón de registros de teléfono. No llevan uniforme de la compañía por lo que el afectado descarta que la falla sea por mantenimiento. Dos de los intrusos usan botas y sombrero, uno de ellos usa gorra y tenis. A unos metros del grupo hay una camioneta, en donde los esperan dos personas. Los que alteran el registro tienen un teléfono conectado al registro y hacen llamadas. Extorsionadores, piensa el afectado,quien toma su celular y llama a la policía.
Al otro lado de la línea responde un oficial. La actitud del policía pasa de la incredulidad a la negligencia.
- Fíjese si son de la compañía- ordena el oficial.
- No, señor. No traen uniforme y parece que vienen armados.
- Los de la compañía no llevan armas.
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| Guilty |
- Pues por eso le digo que no son de Teléfonos- insiste el afectado.
- Pues si van armados, ponga la queja en la compañía por el mal servicio y por portar armas.
- ¿Qué parte es la que no entiende? Hay gente afuera de mi casa, están metiendo mano al registro de teléfono. Están afectando mi línea y la de mis vecinos. Le estoy pidiendo que mande una unidad a supervisar que no estén haciendo llamada prohibidas. Sí después resulta que desde mi teléfono hicieron extorsiones los voy a acusar a ustedes de negligentes.
- Pues espérese tantito. Tal vez ya se van.
- ¿Entonces no va a mandar unidades?
- Llámeme en un ratito. Si no se han ido, marque y nosotros vamos a ver.
Colgó.
A los pocos minutos, el afectado ve desde la ventana que los intrusos se marchan entre el requemón de llantas. Lo invade el coraje, y su impotencia es tanta como paralizante es el temor del policía.
Segunda estampa
Ciudad de México: El circo termina temporada. Luego de evaluar opciones, su propietario ha acordado situar el espectáculo en una nueva plaza. Está a punto de dar las indicaciones a sus empleados para que al término de la última función se inicien el traslado de la carpa al siguiente punto, donde vivirán los próximos dos o tres meses. Es mediodía. El propietario recibe una llamada de su asistente. Contesta y la escucha alterada. La tranquiliza y pide que le explique.
- Unos hombres lo buscan, quieren hablar con usted porque quieren una función particular.
- No, no, no, funciones particulares no damos- responde el dueño del circo.
- Pero señor. Dicen que quieren la función y no se van a ir hasta que usted acepte. La quieren para dentro de tres días.
- No. Dígales que no- el propietario sostiene su autoridad, para al mismo tiempo ocultar su miedo. No sabe si esos hombres son secuestradores, extorsionadores o narcotraficantes. Su encargada está a sólo unos remolques de distancia, pero él no permitirá que se le acerquen. En sólo unos segundos decidió que mantendrá la negociación a distancia con esos hombres por medio de su asistente, quizá con apoyo de otra persona de su total confianza. Por medio de señas pide a su esposa que le marque a su sobrino Darío, uno de sus hombres de confianza. Ella se ha percatado de la actitud de su esposo y atiende la solicitud con urgencia.
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| La pista del circo |
Media hora después, Darío está al lado de con su tío. Al llegar, Darío observa tres camionetas lujosas y algunos hombres alrededor de ellas. No concuerdan con la estampa común del narcotraficante: no van armados, no llevan indumentaria norteña, pero sin duda son peligrosos, piensa. Adentro de los autos hay varios hombres que ocasionalmente echan un vistazo al exterior. Nadie sabe si estos últimos van armados. La esposa del dueño ha avisado al resto de su personal que se encierre en sus respectivos remolques. No ha dado explicaciones a nadie, pues no son necesarias. Todos en el circo han visto a los visitantes y acatan las órdenes.
Para entonces, la asistente ha accedido negociar. Ella y Darío representarán a su patrón y tío, respectivamente. El hombre que encabeza a los visitantes ofrece cantidades ingentes de dinero a cambio del espectáculo privado. La orden de los cirqueros es mantener el no. Las ofertas pasan a las amenazas, pero los del circo se mantienen, piensan que tienen las horas contadas de mantener esa respuesta. Ante la negativa, finalmente el visitante da el último jalón para convencerlos.
- Bueno, señores. Yo sólo les digo una cosa. Si no aceptan la invitación que les hace mi jefe, en unos días habrá velorio en sus casas y en la mía también. Porque yo recibí una orden y si llego con las manos vacías nos van a cafetear a todos, así que lo más fácil es que nos vayamos poniendo de acuerdo. A veces los problemas llegan sin que uno los busque, y ustedes ya están metidos en un lío. De ustedes depende que lo solucionen por las buenas o por las malas.
Veinticuatro horas después la carpa y sus arreos están listos en el tráiler. En otros autos irían los hombres del circo. Ninguna mujer, a parte de la representante del circo ha sido autorizada para realizar el viaje. Son cerca de 40 hombres, entre payasos, trapecistas, músicos, malabaristas, un hombre bala, un domador con su asistente, dos técnicos de sonido, tres electricistas, y varias decenas de macheteros.
En la salida a la carretera de Pachuca los esperaban varios hombres. Los choferes fueron sustituidos por personas de confianza designados por el mismo hombre que encabezó el trato. La orden es no husmear por las ventanas, la cabeza entre las piernas y las manos en la nuca. Todos. Las órdenes son precisas: no hablar con nadie ajeno al circo o los vigilantes del viaje. Darío recibirá las órdenes y éste las dará a su gente. ¿Entendido?
Relojes y teléfonos celulares son confiscados. Los hombres calculan un trayecto de siete u ocho horas desde la ciudad de México. La última media hora es sobre camino de terracería, que se torna pesada para los dos tigres y la jirafa que llevan en el último tráiler.
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| Soir Bleu, Edward Hopper |
Doce horas son suficientes para montar una carpa monumental, en medio de la sierra. ¿Hidalgo, Veracruz, San Luis Potosí, Querétaro, Guanajuato? Nadie sabe. A la mañana siguiente los trapecistas, payasos, músicos y malabaristas se preparan para su único número en descampado, en medio de la sierra, donde lo único que observan es una casa bien equipada con altas bardas, enrejado, ventanales y canceles caros. Los materiales de importación no pueden, o no quieren, ocultar el estilo campirano.
Al llegar la noche comienza el número. El presentador -botas federicas, frac azul y sombrero de copa verde- pide un aplauso para los artistas, pues de qué cosa no vive el artista que de los aplausos de su público. Éstos, en medio de la música y las luces, controladas por los tres electricistas convertidos en iluminadores, sacan su mejor sonrisa. Por la pista pasan los malabaristas, los payasos, los trapecistas, el hombre bala, el domador con su látigo y un par de músicos de la orquesta para sustituir al ballet de chicas que se quedaron a esperar a sus hombres en la ciudad de México.
En medio de las gradas, los hombres ven a una mujer con sus dos hijos, uno de cinco y otro de tres años. Los niños aplauden cada número con la emoción que da el tener un circo en casa, a domicilio porque papi nos cumplió el capricho.
Son todo su público. El marido de la mujer, el hombre fuerte, el patrón, el mandamás, nunca aparece. Sólo su señora, joven, atractiva y a la moda, agradece al presentador a las afueras del circo.
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| Doce horas son suficientes para montar una carpa monumental, en medio de la sierra |




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