domingo, 19 de junio de 2011

15M, los pasos de los indignados

Es un culé, se llama Fernando. Está parado en medio de la Plaza Catalunya. Podría parecer un culé cualquiera. Viste jersey del Barça, con paloma de Nike a la derecha y el escudo de su escuadra a la izquierda, del lado del corazón. Fernando, pelado a rape y con una mochila a las espaldas –¿con su lounch y su refresco para ver el partido?- levanta un cartel que lo distingue del resto de los culés en medio de la plaza. “CAMBIO CHAMPIONS POR UNA DEMOCRACIA REAL. Fdo: Culé indignado”. No es el único que expresa su inconformidad en medio de la plaza. A sus espaldas hay un tenderete con varias cartulinas en las que se alcanzan a leer consignas contra aquello que los intelectuales llaman el status quo, algo que la gente de a pie prefiere llamar los mismos de siempre con lo mismo de siempre. Es el día de la final de la Champions League y el Barcelona venció tres goles a uno al Manchester de Inglaterra para hacerse de la copa. Sin embargo, afuera del estadio las protestas continuaban. Mientras algunos celebraban la cosecha de goles de los muchachos de Pep Guardiola, otros más protestaban en la calle y canjeaban aquello que algunos consideran valioso entre los valioso, una entrada al estadio a cambio de una democracia verdadera, un abismal valor de cambio.
El 15M ha sabido reflejarse en las protestas árabes y griegas para tomar su papel dentro del concierto de la historia inmediata de España, aunque tiene varios pendientes con su propia organización y capacidad para convocar a núcleos más heterogéneos de la sociedad española. Para esta tarea, las asambleas de este movimiento decidieron desde hace un par de semanas replantear la estrategia de sus manifestaciones y pasar de las “acampadas” en las principales plazas del país, para impulsar asambleas de barrios.
Sin duda, estas fueron semanas de activismo silencioso por parte de los participantes más activos del 15M, aderezados por algunas acciones de desalojo por parte de las fuerzas de seguridad locales, similar al desalojo en Catalunya el 27 de mayo o la más reciente en Valencia este 9 de junio. Es aquí donde comenzará el reto del 15M, consolidarse como polo alternativo ante la administración del PP que en un futuro podría gobernar España.
Pero más allá de las manifestaciones, que son la expresión más visible del descontento de la población española, los indignados pasaron de las acciones de protesta a las acciones directas, como llamarían los anarquistas. ¿En qué han consistido estas acciones? El más significativo es el apoyo a los desahuciados de la vivienda en diferentes ciudades. Por medio de convocatorias en medios electrónicos, los participantes de las asambleas barriales se reúnen en torno a una vivienda de la que previamente se ha avisado que será desalojada por orden judicial. Asiste el abogado banco acreedor en compañía de una comisión de la fuerza pública, además del cerrajero y personal de mudanza, encargado de la penosa tarea de lanzar las pertenencias de la familia deudora a la calle. Al mismo tiempo acuden cientos de participantes que se han enterado en las horas previas del desalojo. Más de uno de esos participantes está en la misma situación en la que se encuentra la familia amenazada. Acto seguido de la notificación, los indignados forman una cadena humana en torno a la entrada de los departamentos. Si la ley está de parte de las hipotecarias, los desalojados también poseen armas legales: Declaración Universal de los Derechos Humanos y el Pacto Internacional de los Derechos Económicos, Sociales y Culturales, además de los respectivos artículos constitucionales, todos ellos referentes al derecho a la vivienda.
La crisis de vivienda es una piedra más en el futuro de los españoles. Basta asomarse por algunos testimonios  para darnos cuenta que la inequidad de este derecho es uno de los alicientes que más han contribuido al descontento y la acción de los cientos de miles de ciudadanos ibéricos para tomar la política en sus propias manos.

Estos son algunos ejemplos de lo que hoy, 19 de junio, se juegan los españoles. La manifestación de este domingo es la prueba de fuego en la que podrán demostrar que el movimiento 15M está pasando de ser una reacción contestataria a la organización de un movimiento que trascenderá al gobierno de Rodríguez Zapatero. Más allá de un partido, los españoles exigen un cambio de políticas económicas y de estructuras políticas. Las causas del 15M están a la vista de todo mundo, pero las respuestas parecen monopolizarlas unos cuantos.
Los indignados han demostrado que no sólo tienen la capacidad para manifestarse y manifestar su desacuerdo con las políticas económicas y sociales de sus gobernantes, sino que detrás de toda la marejada de protestas hay individuos capaces de generar propuestas y de organizarse para exigir y sobre todo de poner en la mesa propuestas de desarrollo incluyentes. Además han consolidado nuevas reglas de hacer política, opuestas a la las conductas de los implicados, gerentes y políticos que no entregan cuentas a nadie más que a los accionistas de las empresas que jinetean y a sus líderes de partido y sus financiadores de campaña.
Este domingo (a las 15:00 horas de la ciudad de México) los españoles finalizaban una marcha en las principales ciudades. Se calcula que entre 150 mil y 300 mil personas marchan en este momento en toda España. En Madrid, donde la afluencia es multitudinaria se dirigen al congreso, donde realizarán una asamblea para delinear las próximas iniciativas del movimiento, entre las más apremiantes la no aprobación del Pacto del Euro. El movimiento toma forma, junto con las demandas y propuestas de unos españoles que han dejado de ser súbditos para sentirse ciudadanos.
La lección del nacimiento de este movimiento popular es que los actores de la política tradicional española seguirán siendo los mismos, algunos con más poder (PP), otros más desde la nueva orfandad (PSOE) y otros desde la marginalidad a la que ya están acostumbrados (IU). Sólo que ahora el nuevo actor que es el 15M podría hacer que las decisiones de la política española no se limiten a lo que Javier Cercas llamó “el pequeño Madrid del poder”.

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